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<<<El
trabajo enajenado*>>>
[
XXII] Hemos partido de los presupuestos de la economía política.
Hemos aceptado su terminología y sus leyes. Hemos presupuesto la
propiedad privada, la separación del trabajo, el capital y la
tierra así como la separación de los salarios, las utilidades y la
renta, la división del trabajo, la competencia, el concepto del
valor de cambio, etc. Con la economía política misma, en sus
propias palabras, hemos demostrado que el trabajador desciende al
nivel de mercancía y de una mercancía miserable; que la miseria
del trabajador aumenta con la fuerza y el volumen de su producción;
que el resultado necesario de la competencia es la acumulación de
capital en pocas manos y, por tanto, el restablecimiento del
monopolio en una forma terrible; y, finalmente, que la distinción
entre capitalista y terrateniente y entre trabajador agrícola y
trabajador industrial debe desaparecer y toda la sociedad se dividirá
en las dos clases de los propietarios y los trabajadores sin
propiedad.
La
economía política parte del hecho de la propiedad privada; no lo
explica. Concibe el proceso matrial de la propiedad privada, como
ocurre con la realidad, en fórmulas generales y abstractas que
sirven entonces como leyes. No comprende estas leyes; es decir, no
demuestra cómo surgen de la naturaleza de la propiedad privada. La
economía política no aporta una explicación de la base de la
distinción entre el trabajo y el capital, entre el capital y la
tierra. Cuando, por ejemplo, se define la relación de salarios y
utilidades, esto se explica en función de los intereses de los
capitalistas; en otras palabras, lo que debe explicarse se da por
supuesto. Igualmente, en todo momento se refiere a la competencia y
ésta se explica en función de condiciones externas. La economía
política no nos dice nada de la medida en que estas condiciones
externas y aparentemente accidentales son, simplemente, la expresión
de un desarrollo necesario. Hemos visto cómo el cambio mismo parece
un hecho accidental. Las únicas fuerzas operantes que reconoce la
economía política son la avaricia y la guerra entre los avaros, es
decir, la competencia.
Como
la economía política no entiende las interrelaciones dentro de
este movimiento, fue posible oponer la doctrina de la competencia a
la del monopolio, la doctrina de la libertad de oficios a la de los
gremios, la doctrina de la división de la propiedad rural a la de
las grandes propiedades; porque la competencia, la libertad de
oficios y la división de la propiedad rural eran concebidos sólo
como consecuencias accidentales provocadas deliberadamente y por la
fuerza, más que como consecuencias necesarias, inevitables y
naturales del monopolio, el sistema gremial y la propiedad feudal.
Ahora
tenemos que determinar, pues, la conexión real entre todo este
sistema de enajenación —la propiedad privada, el poder
adquisitivo, la separación del trabajo, el capital y la tierra, el
cambio y la competencia, el valor y la devaluación del hombre, el
monopolio y la competencia— y el sistema del dinero.
Comencemos
nuestra explicación, como lo hace el economista, a partir de una
condición primaria legendaria. Esta condición primaria no explica
nada; simplemente difiere la cuestión a una distancia gris y
negulosa. Afirma como hecho o acontecimiento lo que debería
deducir, o sea, la relación necesaria entre dos cosas; por ejemplo,
entre la división del trabajo y el cambio. Así como la teología
explica el origen del mal por la caída del hombre; es decir, afirma
como hechos histórico lo que debería explicar.
Partiremos
de un hecho económico contemporáneo. El trabajador se vuelve más
pobre a medida que produce más riqueza y a medida que su producción
crece en poder y en cantidad. El trabajador se convierte en una
mercancía aún más barata cuantos más bienes crea. La devaluación
del mundo humano aumenta en relación directa con el incremento de
valor del mundo de las cosas. El trabajo no sólo crea bienes; también
se produce a sí mismo y al trabajador como una mercancía y en la
misma proporción en que produce bienes.
Este
hecho supone simplemente que el objeto producido por el trabajo, su
producto, se opone ahora a él como un ser ajeno, como un poder
independiente del productor. El producto del trabajo es trabajo
encarnado en un objeto y convertido en cosa física; este producto
es una objetivación del trabajo. La realización del trabajo es, al
mismo tiempo, su objetivación. La realización del trabajo aparece
en la esfera de la economía política como una invalidación del
trabajador, la objetivación como una pérdida y como servidumbre al
objeto y la apropiación como enajenación.
La
realización del trabajo se manifiesta hasta tal punto como
invalidación que el trabajo es invalido hasta morir de hambre. La
objetivación constituye en tal medida una pérdida del objeto que
el trabajador se ve privado de las cosas más esenciales, no sólo
de la vida sino también del trabajo. El trabajo mismo se convierte
en un objeto que puede adquirir sólo mediante el mayor esfuerzo y
con interrupciones imprevisibles. La apropiación del objeto se
manifiesta hasta tal punto como enajenación que cuanto mayor sea el
número de objetos que produzca el trabajador menos puede poseer y más
cae bajo el dominio de su producto, del capital.
Todas
estas consecuencias se originan en el hecho de que el trabajador se
relaciona con el producto de su trabajo como un objeto ajeno. Porque
es evidente, sobre este presupuesto, que cuanto más se gasta el
trabajador en su trabajo más poderoso se vuelve el mundo de los
objetos que crea frente a sí mismo, más pobre se vuelve en su vida
interior y menos se pertenece a sí mismo. Sucede lo mismo que con
la religión. Cuanto más de sí mismo atribuya el hombre a Dios,
menos le queda para sí. El trabajador pone su vida en el objeto y
su vida no le pertenece ya a él sino al objeto. Cuanto mayor sea su
actividad, pues, menos poseerá. Lo que se incorpora al producto de
su trabajo no es ya suyo. Cuanto más grande sea este producto,
pues, más se disminuye él. La enajenación del trabajador en su
producto no sólo significa que su trabajo se convierte en un
objeto, asume una existencia externa, sino que existe
independientemente, fuera de él mismo y ajeno a él y que se opone
a él como un poder autónomo. La vida que él ha dado al objeto se
le opone como una fuerza ajena y hostil.
[XXIII]
Examinemos ahora más de cerca el fenómenos de la objetivación, la
producción del trabajador y la enajenación y pérdida del objeto
que produce, que esta implícita. El trabajador no puede crear nada
sin naturaleza, sin el mundo sensorial externo. Este es el material
en el que se realiza su trabajo, en el que actúa, del cual y a través
del cual produce cosas.
Pero
así como la naturaleza ofrece los medios de existencia del trabajo
en el sentido de que el trabajo no puede vivir sin objetos sobre los
cuales pueda ejercerse, ofrece los medios de existencia en un
sentido más estrecho; es decir, los medios de existencia física
para el trabajador mismo. Así, cuanto más se apropie el trabajador
del mundo externo de la naturaleza sensorial mediante su trabajo más
se priva de los medios de existencia, en dos aspectos: primero,
porque el mundo sensorial se convierte cada vez menos en objeto
perteneciente a su trabajo o en medio de existencia de su trabajo y,
segundo, porque se convierte cada vez menos en medio de existencia
en un sentido directo, en medio para la subsistencia física del
trabajador.
En
ambos aspectos, pues, el trabajador se convierte en esclavo del
objeto; primero, en tanto que recibe un objeto de trabajo, es decir,
recibe trabajo y, segundo, en tanto que recibe medios de
subsistencia. Así, el objeto le permite existir, primero como
trabajador y después como sujeto físico. La culminación de esta
esclavitud es que sólo puede mantenerse como sujeto físico en
tanto que sea trabajador y que sólo como sujeto físico es un
trabajador.
(La
enajenación del trabajador en su objeto se expresa de acuerdo con
las leyes de la economía política: cuanto más produce el
trabajador menos tiene para consumir; cuanto más valor crea más se
desvaloriza él mismo; cuanto más refinado es su producto más
vulgar y desgraciado es el trabajador; cuanto más civilizado es el
producto más bárbaro es el trabajador; cuanto más poderosa es la
obra más débil es el trabajador; cuanta mayor inteligencia
manifieste su obra más declina en inteligencia el trabajador y se
convierte en esclavo de la naturaleza).
La
economía política oculta la enajenación en la naturaleza del
trabajo en tanto que no examina la relación directa ente el
trabajador (trabajo) y la producción. El trabajo produce,
ciertamente, maravillas para los ricos, pero produce privaciones
para el trabajador. Produce palacios, pero también cabañas para el
trabajador. Produce belleza, pero deformidad para el trabajador.
Sustituye al trabajo por la maquinaria, pero desplaza a algunos
trabajadores hacia un tipo bárbaro de trabajo y convierte a los demás
en máquinas. Produce inteligencia, pero también estupidez y
cretinismo para los trabajadores.
La
relación directa del trabajo con sus productos es la relación del
trabajador con los objetos de su producción. La relación de los
propietarios con los objetos de producción y la producción misma
es meramente una consecuencia de esta primera relación y la
confirma. Consideraremos más adelante este segundo aspecto.
Hasta
ahora hemos considerado la enajenación del trabajador sólo en un
aspecto, es decir, en su relación con los productos de su trabajo.
*
MARX, Karl. Manuscritos Económico — filosóficos de 1848, pp.
103—107.
Bibliografia
de la informacion anterior:
NEIRA
F., Cermenza y Otros, Filosofia, 6º de Bachilerato por radio,
grado 11, Inravisión, Bogota D.C, sin fecha.
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